Sin cortafuegos

4 min

Sin cortafuegos

Victoria Castro, alumna de Humanidades y miembro de UPF Sènior, nos narra su experiencia por el Sudeste Asiático y unas palabras que cambiaron la perspectiva de su viaje.

Cuando planeamos el viaje, en ningún momento pensamos visitar ese lugar. Pero finalmente, allí estábamos, después de una sofocante caminata a través de la selva del norte de Tailandia, a poco más de una hora de Chiang Rai, rodeados de las mujeres Padaung, con sus largos cuellos de brillantes anillos metálicos, las mujeres jirafa de la minoría étnica Karen o Kayan.

Y nosotros éramos cuatro occidentales, los únicos en aquellas primeras horas de la mañana, con las botas de caminar rojizas del polvo de los caminos y las ropas de exploradores, como mandan los cánones de la imaginería cinematográfica, empapada en sudor. Ellas sonreían y nos daban la bienvenida con un gesto amable invitándonos a comprar sus artesanías.

Las mujeres del poblado Karen Long Neck

Algunas mujeres que vimos tejían en los porches de sus cabañas de bambú coloridos tapices, otras tallaban vasos o jarras en gruesas cañas de bambú, o ensartaban abalorios hechos de semillas en alguno de los múltiples tenderetes que jalonaban las calles de tierra pisada. Eran una atracción turística. Eran consciente de ello y de eso vivían. Su historia se puede encontrar en cualquier blog de viajes e incluso en algún reportaje más serio de National Geographic, no voy a hacer hincapié en ella aquí.

Algo pasó entre nosotros, de pronto se respiraba un aire de desconfianza y desilusión. Aquello no era una experiencia auténtica, no era la anhelada visita a una comunidad o tribu con sus valores y sus creencias sentidas y vividas fuera del alcance de la curiosidad turística. Era una charada. Una atracción turística más, aunque estuviera ubicada en la hermosa selva entre Birmania y Tailandia y esto le diera un exotismo de postal.

Fue al acercarme a ellas, al hablar con alguna que se defendía en un inglés básico, pero suficiente, cuando mi mirada cambió de bando. Y me acerqué con humildad a su experiencia de refugiadas sin estatus político, a su condición de servidoras de una tradición que llevaba milenios arraigada en ellas, a su dignidad por haber sabido vivir en durísimas condiciones sin perder su integridad. La serenidad de sus gestos, la sonrisa hospitalaria, la sencillez de sus palabras llenas de una nostalgia exenta de amargura, todo lo que pude ver, me deslumbró como una revelación de algo que no lograba captar del todo.

Un nuevo enfoque

Aquel año yo estaba matriculada en la Universitat Pompeu Fabra en el programa UPF Sènior. Empezaba una nueva etapa de mi vida al término de mis treinta y cinco años de docencia en institutos de secundaria. Conocí un nuevo enfoque en la enseñanza, unos programas atractivos y algunos docentes brillantes y entusiastas. La suerte me brindó la compañía, y más tarde la amistad, de un hombre de origen ruso que había formado parte desde el principio del programa Senior. Sus consejos me guiaron entre la maraña de asignaturas, profesores, aulas y horarios. Y la Filosofía, el Pensamiento como daban en llamarla, surgió para deslumbrarme a través del profesor Fernando Pérez-Borbujo que giró el prisma a través del cual yo interpretaba ciertas realidades.

Las mujeres jirafa de la minoría étnica Karen o Kayan.

Al llegar al hotel cogí mi portátil y escribí a este profesor, que desde hace ya unos años me halaga con su amistad. Solemos intercambiar una correspondencia esporádica en que mezclamos lo académico y lo personal. En este caso, le trasmitía toda mi confusión ante la experiencia vivida. Las pequeñas y múltiples contradicciones que se habían formado como nubarrones de tormenta sobre mi cabeza. Lo incoherente que me parecía el dar por válida esa esclavitud de género –una vez más– de estas mujeres que vivían con la espalda deformada desde niñas, con las extremidades alargadas por brillantes aros metálicos que le debían producir unos dolores en los que no me atrevía ni a pensar, en nombre de una tradición cuyo origen desconocían, pero que las condenaba de por vida a una servidumbre perversa –y que solo afectaba a las mujeres. En cambio, llevaban esta condición con una dignidad casi sacerdotal.  

Mientras continuaba mi viaje hacia Laos, recibí la respuesta a mi correo. Sus palabras no intentaban salvarme de mi misma, no pretendían calmar mi conciencia ni ahondar en mis elucubraciones. Me escribía sobre el oficio de vivir, que diría Pavese, y sobre lo que podemos aprender o no de nuestras experiencias en el corto trayecto que nos toque recorrer. Si nuestra mente está siempre analizándolo todo según los patrones establecidos, nos perderemos la dicha que se encierra en el instante. Ensimismados en nosotros mismos, nos enajenamos de la vida que se da fuera de nosotros. La vida que nos interpela, que a veces nos zarandea, sacándonos de nuestra zona de confort para mostrarnos eso que está ahí y seguirá estando como realidad social, seamos nosotros testigos de ello o no, queramos verlo o esconder la cabeza bajo el ala. Valorar el privilegio de estar para poder observar, empatizar y aprender, siempre aprender algo. No juzgar.

En cierta manera, las palabras de Fernando Pérez-Borbujo cambiaron la perspectiva de mi viaje. Y pude silenciar mi mente en algunas vivencias, intensas y desconcertantes, que tuve posteriormente, para dejar que la vida fluyera sin los trabajos a los que nos aboca tantas veces la razón.

  • Lectora errática y constante, escritora a tiempo parcial y acuarelista amateur. Estudié Historia del Arte en Santiago de Compostela en los últimos años del dictador y la lucha política ocupó mis horas tanto o más que las dedicadas a mi carrera. Marché a Catalunya donde inicié mi vida en la docencia y en la maternidad, y tras jubilarme me matriculé en UPF Sènior, donde descubrí todo un mundo de enseñanza/aprendizaje en la Facultad de Humanidades.



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